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Fuera había oscuridad total. Dentro, Guy parecía calmado, sus rasgos no dejaban ver emoción alguna. Mimi estaba inquieta, sus pequeños píes entraban en constante contacto con la tarima. Henri y Paul bromeaban por medio de lenguaje de signos. Hélène y Kadia se miraban nerviosas. Aymer masticaba una caña de maíz mientras se apoyaba contra la pared. Jean-Claude afilaba su cuchillo con una piedra de afilar. Bernard intentaba sintonizar la radio, para encontrar señal. Yo acariciaba mi vientre, intentando distinguir mis nervios de las patadas del bebé. Se escuchó el fuerte sonido de un reloj de pie en el pasillo.Les sanglots longs des violons de l’automne. Todas nuestras miradas se dirigieron a la radio. Nos quedamos en silencio cuando escuchamos las palabras del locutor. Era la primera estrofa del poema de Paul Verlaine; «Chanson d’automne», los largos sollozos de los violines de otoño. El locutor acababa de dar la señal que anunciaba el comienzo de la invasión.
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